Quizás hayas oído hablar de las emociones atrapadas, o quizás no. Es un término que se usa para aquellas emociones que no hemos sabido o no hemos podido liberar y se han quedado en nuestro cuerpo, de forma invisible, aparentemente. Todas las emociones deben salir, tienen que ser expresadas. Si no lo hacemos nosotros, el cuerpo lo hará. Siempre encontrarán una forma de salir, sea por el camino que sea.

La mayoría de emociones atrapadas son las causantes de muchas de nuestras dolencias físicas. Eso no quiere decir que todas las dolencias físicas tenga una causa emocional, pero si que las emociones no gestionadas correctamente alteran la salud de nuestro cuerpo. Para comprender mejor esta idea, es importante entender el concepto de salud. Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dhalke ya nos explicaban en su libro «la enfermedad como camino» que lo que llamamos salud es cuando las distintas funciones corporales se conjugan de un modo armonioso. Si esa función se perturba, la armonía del conjunto se rompe y entonces lo llamamos enfermedad. Sin embargo, como ellos bien señalan, el cuerpo por si solo no es capaz de hacer nada. Ellos ponen el ejemplo de un cadáver. Por tanto, lo que llaman conciencia o alma y la vida o espíritu son los que dan las órdenes al cuerpo. Aquí ya dejan de manifiesto que es la mente o nuestro yo etéreo el que le confiere un estado armonioso al cuerpo o no (repito, siempre que la enfermedad esté producida desde nuestro interior o evite que nos podamos defender correctamente de un patógeno externo). » La conciencia es al cuerpo lo que un programa de radio al receptor». Añadiremos a este punto que no es todo tan negativo como parece sino que, tal y como también apuntan los autores, la enfermedad es un intento de restaurar el orden.

Si nosotros no somos conscientes de que tenemos un elemento invisible atrapado en nuestro interior, queriendo salir, el cuerpo manifestará dicho elemento. Pues, ¿qué es sino un síntoma de enfermedad? Una señal que nos impide llevar vida normal, que nos obliga a focalizar nuestra atención. Normalmente sólo nos centramos en el síntoma y lo apagamos, como el que decide apagar la luz naranja del panel de mandos del coche. No quiero saber qué me indica, solo quiero que deje de distraerme en la conducción, porque debo seguir. ¿Absurdo? Eso hacemos con nuestro cuerpo. Entendemos los síntomas como algo normal en nuestro día a día, normal que tiene fácil erradicación y seguimos con nuestras vidas.

Lo que planteo en este artículo es que los síntomas físicos de la mayoría de nuestras dolencias, son emociones atrapadas. Especialmente esas en las que los médicos, por más que buscan y analizan, no ven nada físico roto o mal funcionando. El Dr. Bradley Nelson ya nos anuncia que las emociones atrapadas son «verdaderamente epidémicas y son la causa invisible e insidiosa de mucho sufrimiento y enfermedad, tanto de naturaleza física como emocional». Si no provoca las enfermedades directamente, si cree que la emoción atrapada lo debilita y lo deja vulnerable para contraer enfermedades.

Por tanto, bien sea porque provocamos un síntoma o bien porque nos debilitamos y no combatimos adecuadamente elementos invasores externos, el caso es que una emoción sin resolver, puedes desequilibrarnos. Escuchar la dolencia puede darnos la pista de que algo no va bien.

Un médico puede ayudarnos con los síntomas; un psicólogo a comprender el funcionamiento de nuestro plano mental, siempre y cuando tengamos identificado el problema, que no siempre es tan fácil de saber. Incluso, aun sabiéndolo, verbalizándolo y comprendiéndolo, no siempre es suficiente. Con un método holístico, entendido como la visión del ser humano como un todo, no sólo trabajamos la parte mental, sino también la física para liberar esa emoción y poder volver a un estado de equilibrio. Si tienes problemas físicos que los médicos no han logrado encontrar la causa o que, si dejas de tomar esa medicación que corta el síntoma, la dolencia se repite, no dudes en plantearte que una emoción atrapada esté llamando tu atención.

 

Bibliografía.
El código de la emoción. Bradley Nelson.
La enfermedad como camino. Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dhalke.